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La desmitificación del club de Jordan

Algo así como la música de Queen ante la reciente película Bohemian Rhapsody o la de los Beatles ante la no tan reciente Across the Universe, hoy la serie The Last Dance convierte en presente ­–y, con ella, los adolescentes convierten en propios– a los maravillosos Chicago Bulls de Michael Jordan.

Un fenómeno sólo al alcance de los más especiales productos de nuestra civilización, de nuestra cultura, de nuestros héroes, pero acaso con un elemento adicional: quizá esos Toros fueron el último gran equipo en elevarse a dinastía antes de la híperconexión de internet, ya no decir lo que han supuesto las redes sociales.

Después de ellos hemos tenido al arrollador Barcelona dirigido por Pep Guardiola e incluso a los duraderos Patriotas de Tom Brady, aunque ya con otras tecituras, revelaciones, descalificaciones, fobias, dedos acusadores, tan intrínsecas a nuestra época.

¿Qué pasaba detrás de esos Bulls que gravitaban en torno al rey Jordan? En su momento, mucho supimos de los escándalos del incontenible Dennis Rodman y poco del absurdo retiro (en ese instante se pensaba que definitivo) de Jordan para jugar beisbol.

Sin embargo, por entonces resultaba más sencilla la idealización. A la luz de la magia que acontecía sobre la duela, con apenas grietas de información relativas a la ríspida realidad en el vestuario, quienes lo vivimos nos aproximábamos a ellos como a un asunto entre místico y metafísico.

Si Jordan era el Quijote de un mundo de fantasía que él mismo creaba y esculpía, Scottie Pippen se erigió en su inigualable Sancho Panza y Phil Jackson en, valga la expresión, el Miguel de Cervantes Saavedra (muchos dudaron de su capacidad como líder y estratega, pretendiendo limitar el mérito al virtuosisimo de su número 23; años después el entrenador repitió gestas con los Lakers).

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