En medio de la incertidumbre por pretender hacer un Mundial en el imposible verano del Golfo Pérsico, de las acusaciones de compra masiva de votos, del escándalo por las alarmantes condiciones laborales de quienes han de construir los estadios, de la incomprensión de cómo será un torneo en donde se prohíbe parcialmente el consumo de alcohol y la circulación de mujeres sin cabello cubierto, pocos prestaron atención a un factor adicional: que Qatar no era sólo el país más pequeño y con menos tradición futbolera en recibir una sede mundialista, sino también el de la selección más débil.
Firma de mi libro, el 19 de abril en Sanborns
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