Peter Pan bien pudo elegir ser futbolista. Tan efectivo como escaparse de la adultez en el país del Nunca Jamás, hubiese sido hacerlo pateando con éxito el balón: ver los días pasar con pantalón corto, ser pagado por jugar, abrazarse a cada gol como si de un recreo en primaria se tratara, aclamaciones y millones dignos de los sueños de todo niño, infinidad de tiempo libre, las gracias festejadas como a un crío, la vida convertida en fantasía.
Por Alberto Lati 21 de febrero, 2017
