El camino de Londres hacia Aylesbury es en especial brumoso o, al menos, así lo recuerdo en todas las ocasiones que lo recorrí.
Una hora de tren hacia el Noroeste, con la campiña inglesa en verdes difuminados y nebulosos. De pronto, la rasposa voz del conductor clama con sílabas perezosas: “This is Stoke Mandeville. Step down. Stoke Mandeville stadium and hospital”.
