Desde las viejas murallas de la ciudad de Constanza, parado ante un encendido atardecer sobre el Mar Negro, el mayor de los hijos prodigios del futbol rumano pudo llegar a una importante conclusión: por mera generación espontánea no llegaría una gran camada de cracks en su país; con quejas o nostalgia por sus años célebres, mucho menos; el único camino es el trabajo.
Por Alberto Lati, 16 de mayo, 2017


