No es que sirviera de consuelo, pero hasta hace unas semanas la crisis del arbitraje mexicano era la misma que la del arbitraje mundial: un sistema de justicia superado tanto por la velocidad del juego como por las numerosas cámaras y tecnologías que todo exponen; la certeza de que cuanto se juega, tantos millones, tantos intereses y poderes involucrados, han convertido cada silbatazo en campo minado; la sensación de que el árbitro de nueva generación, ya en España, ya en México, ya en cualquier sitio, viene más cargado de dudas y complejos que de personalidad y liderazgo.
Por Alberto Lati 13 de marzo, 2017
