Entre sueños de quinto partido y pánico a ni siquiera llegar al cuarto, los aficionados mexicanos intentamos persuadirnos con la costumbre dictada por los últimos treinta años de historia mundialista: que lleguemos como lleguemos a la Copa del Mundo –sea avasallando rivales o sometidos por todo contrincante, sea con un esquema de juego definido o perdidos en mares de dudas, sea con estrellas en gran momento individual o con los estelares bajos de nivel, sea con el sorteo de un grupo que intimida o con otro que luce asequible, sea ilusionados o decepcionados, sea como sea–, solemos meternos a octavos de final. Finalmente, así ha sido desde Estados Unidos 1994.
Firma de mi libro, el 19 de abril en Sanborns
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