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Rusia, hervidero de historia

Por Alberto Lati, 01 de diciembre, 2017

Imposible aquí, más que en ningún otro sitio, escapar a las garras de la historia; si en otras tierras la historia persigue, en Moscú atrapa y ya no suelta.

Por el hoy nevado Parque Gorki, donde nos reciben fachadas marcadas por simbología comunista y los altoparlantes en los que se recitaban fragmentos de Das Kapital de Karl Marx; por la Plaza Roja, de momento con una gran pista de patinaje sobre hielo, ante la que se mantiene exhibido el cuerpo de Lenin a casi cien años de su muerte; por el Kremlin, ante cuyas murallas se guardan honores a ese soldado perecido en la Batalla de Moscú, cuando los nazis estuvieron sin saberlo tan cerca de tomar la capital del país más colosal; por la Catedral de San Basilio, dicen que metáfora de la política rusa: fascinante y colorida por fuera, laberíntica e inexpugnable por dentro; por el estadio Luzhniki, encabezado por una de las pocas estatuas de Lenin que sobrevivió a la URSS, en el que se inaugurará y cerrará el Mundial; por el intimidante edificio de la Lubianka, cuartel de la KGB desde donde la crueldad de Lavrenti Beria no halló límite, ningún combustible más duradero que la paranoia; por el inconfundible pico de la Universidad Estatal de Moscú, alma máter de Chekhov y Turgenev, lo mismo que de Gorbachov, Sakharov, Pasternak y demás Premios Nobel; por las estatuas de cada estadio de futbol: de Lev Yashin en el del Dynamo (protagonista del póster del Mundial) a Eduard Streltsov en el del Torpedo (el crack enviado a Siberia presumiblemente por negarse a jugar para el equipo del ejército, el CSKA) a los hermanos Starostin en el del Spartak (también deportados al Gulag, acusados de conspirar contra la vida de Stalin, frente a quien antes habían jugado un partido en plena Plaza Roja).

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